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Estamos rodeados de inútiles. Parece que nadie, salvo yo, sabe hacer bien las cosas. No sé cómo no se olvidan de respirar, ¡menuda panda de ineptos! ¿De verdad te dedicas a esto? ¿Has estudiado la carrera o te la dieron en una tómbola? ¡Cuánta gente, qué desagradables son… ojalá desapareciesen!

El cerebro de un misántropo de medio pelo suena así en cualquier escenario: en la cola de facturación de un aeropuerto, en una cafetería mientras espera que lo atiendan o, incluso, en su propia casa. Qué música tan oscura y qué olor tan desagradable exhalan sus improperios y qué innecesario escucharlos verbalizarlos. Llaman a los camareros con soberbia y con la nariz erguida, algunas veces silbando o chasqueando los dedos, mientras señalan sus platos mientras gritan: «¿tengo pinta de querer volver a la edad de piedra? ¡Esta carne está sangrando!». En la consulta del fisioterapeuta aúllan «¡cuidado con esas manazas! ¿Acaso pretendes romperme el cuello? ¿Tengo que explicarte lo que es un masaje relajante?», para al final terminar en todos los casos con la misma frase predecible y simple: «Quiero hablar con el encargado».

No sé qué les pasa, o qué resorte se activa para que algunas personas pisoteen a otras sin piedad. Nadie es perfecto, todos somos humanos (sí, incluidos ustedes, queridos odiadores) y todos cometemos errores. Aun así, nos merecemos respeto y educación, incluso aquellos días en los que nos levantamos con dos pies derechos metidos hacia dentro (lo siento, pero soy zurda y me niego a asociar la izquierda con algo negativo).

Si mi artículo de hoy no les gusta, o les parece una mierda literal, no pasa nada, puede que el del domingo que viene les agrade más o que, incluso, les emocione o despierte en ustedes algo positivo.   

Algunas veces la cagamos, pero esos errores no pueden usarse como armas arrojadizas que lanzar una y otra vez y, mucho menos, para sentar cátedra sobre las habilidades de alguien. Sea como fuere y pase lo que pase, cuando se pierden las formas la razón deja de acompañarnos, así que si está leyendo este artículo y cree que ha podido pagar su estrés, su mala leche, su frustración, su ira, su envidia o su complejo de inferioridad con alguien, pregúntese qué es lo que tanto le ha molestado y elimínelo de usted mismo (la psicología inversa funciona estupendamente en estos casos).

En los últimos días he visto a varias personas hundirse e, incluso, deshacerse en llantos, porque alguien ha puesto en tela de juicio su valía. Les hablo de profesionales con una larga trayectoria a sus espaldas en distintas disciplinas y con varias cualidades en común: todas ellas son mujeres alegres, sociables, cariñosas y que se toman su trabajo muy en serio. Ninguna se merece ser la víctima de esos púgiles emocionales y recibir sus golpes y no vamos a permitirles que minen su autoestima y sacudan sus vocaciones, al menos, yo no.

La RAE afirma que un misántropo es una «persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano». La pandemia no ha hecho sino acuciar ese rechazo hacia nuestros semejantes, aislándonos y provocándonos un desprecio hacia los otros y un incremento del tamaño de sus defectos hasta convertir un simple ruido en algo monstruoso. El prójimo es una fuente de infecciones: primero la Covid, ahora la viruela del mono, después la ignorancia y, más tarde, el fin del mundo. ¡No sé cómo todavía mantenemos relaciones sexuales sin alguna herramienta que nos permita no tocarnos demasiado!

Hoy los haters alzan cada vez más alto sus voces a través de las redes sociales con un solo fin: escupir su odio y dañarnos y la única forma que tenemos de defendernos de ellos es condenarlos al ostracismo e ignorarlos. Las manadas de violadores campan a sus anchas, los genocidas provocan matanzas en colegios, bulevares o restaurantes y las guerras escupen fuego en decenas de países, pero nosotros tenemos dos últimas balas en la recámara para combatirlos: la educación y la empatía.

La próxima vez que sientas un apretón de diarrea verbal respira, piensa cómo te afectarían tus propias palabras si viniesen de alguien que admiras o que no conoces y recuerda que mañana la víctima podrías ser tú… así suena la melodía del maldito karma.