Antonio Villanueva, junto a algunas de sus obras.

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La mar pitiusa está caliente como la sangre y uno se queda a flote como un sonámbulo que siente el latido universal. La vida es más sueño durante el verano achicharrante, en esta época en que todas las sirenas del Mare Nostrum cantan sus versos encantadores que te llevan a pique o te guían más sabio a la orilla.

Racionalistas y cartesianos no tienen ni idea más allá de su matemática paja mental; los filósofos son cojos vitales ante la gracia del poeta o las piruetas de una bailarina ligera de cascos como las antiguas sacerdotisas de Ishtar. La vida es eterno milagro y el sonámbulo se sorprende de seguir jugando las cartas que le han tocado, reconociendo a los genios que asaltan la baraja para repartir de nuevo. Esos son los nacidos dos veces que desfilan en cortejo dionisíaco con la alegría del que está de vuelta de todo sin amargura de nada.

Subo por las rocas y peregrino al bar. Café fuerte con hielo en la maraca de la coctelera y un chorrito de Tía María; y un sabroso habano de la poderosa Lía, contra las leyes absurdas de los fanáticos bolas tristes que pretenden dictarnos cómo no vivir.

Y brindo por Antonio Villanueva, gran coqueto que ha burlado a la parca con su radiante corazón de acero toledano. Beau geste: regala al hospital Can Misses 125 pinturas por salvar su vida con sabiduría y ternura. Así las habitaciones serán menos asépticas y más voluptuosas.

Ya solo falta que algún gourmet agradecido regale al hospital buenas recetas y productos pitiusos, pues la buena cocina, como sabía Hipócrates, también es un arte que alegra la vida y sana a muchos convalecientes. Por algo la sirena Ligea se alimenta se vivas estrellas de mar.