Toni de Cas Pagés en su restaurante.  | Toni Planells

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A sus 90 años, Toni Marí (Santa Eulària, 1932) conserva una memoria envidiable. Hombre trabajador, como lo fue toda su generación, fundó hace 50 años el restaurante Cas Pagés, que hoy en día sigue gestionando su familia. Sin embargo, Toni, de Cas Pujolet, antes había trabajado en otros oficios como el de panadero o en la cantera de s’Argentera.

— ¿A qué dedica el día a sus recién cumplidos 90 años?
— Me suelo pasar a menudo por el restaurante, también me acerco a la finca y veo cómo van las cosas. A estas alturas, más que trabajar mando lo que veo que hay que hacer. Es verdad que es más fácil mandar que trabajar. Pero también es verdad que no es lo mismo que haga el trabajo otra persona que hacerlo uno mismo. Cuando hace el trabajo uno mismo sale cómo uno quiere, de la otra manera no tanto.

— Antes del restaurante, ¿qué otros trabajos realizó?
— Bueno, monté la cantera de s’Argentera. Tuve la concesión para explotarla durante 20 años. También monté una panadería donde hacía pan payés. Pero solo vendía a quién se apuntaba en la lista antes, y no siempre llegaba a todos los encargos que tenía. El pan lo llevaba a distintos lugares, a Vila, por ejemplo, se lo llevaba a Can Funoy, a Toni (en Can Escandell) y a Bartomeu (en la esquina frente al ‘Crédito’). Solo Bartomeu se quedaba cada día entre 80 y 100 panes a diario.

— ¿Se trataba de un oficio familiar?
— No. Empecé cuando Juanito de s’Alamera me pidió si le podía hacer pan para su tienda en Santa Eulària. Le dije que sí y, a partir de ahí, me empezaron a pedir de otros sitios, primero de Santa Eulària, pero llegué a servirle hasta a Can Bellotera. Llegué a amasar, junto a María, mi mujer, hasta 10 sacos de harina (que me la vendía Juanito Gorreta y que entonces eran de 80 kilos) a diario. No daba abasto. Por eso quién quería pan tenía que apuntarse antes. Estuve haciendo pan durante 14 años. En el 73 todavía hacía. Durante un año compaginé restaurante y panadería.

— ¿Repartía el pan usted mismo?
— Sí, claro. De hecho, el nombre del restaurante se debe a esa época. Cuando llegaba a Vila las mujeres me esperaban en la acera de en frente de Can Funoy. Yo siempre llegaba tarde (si es que ya te digo que no daba abasto) y las oía decir enfadadas, «en nom de Déu, que ja ha arribat es pagés!». A la hora de poner el nombre al restaurante me acordé de ellas y le puse Cas Pagés.

— ¿Por qué decidió montar un restaurante?
— Siempre había pensado en tener un restaurante. Había estado en Mallorca muchas veces, y me gustaban mucho esos restaurantes en los que veía el fuego encendido todo el día. Al principio    intenté montar uno en Es Canar, pero me pusieron pegas. Poco después abrió Es Caliu, que fue el primer restaurante en la carretera. El segundo fui yo.

— ¿Por qué viajaba tanto a Mallorca?
— Por la cantera tenía que ir cada mes a pagar 1.200 pesetas a Minas. Recuerda que tuve la concesión durante 20 años.

— Las minas de s’Argentera son muy antiguas. ¿Tiene tradición familiar en ese sentido?
— Son muy antiguas, sí. De hecho, mi abuelo, Toni, ya estuvo trabajando en ellas. Era una faena muy pesada. Había varios pozos que se unían subterráneamente a través de caños. Mi abuelo era uno de los niños, de 12 o 13 años, que excavaban los túneles. Piensa que los túneles eran muy estrechos y solo los niños cabían. Iban con un pequeño senalló a la espalda y todo.

— Usted, su generación, trabajaba a un nivel que hoy en día sería inviable.
— Así es. Hoy en día no se puede hacer ni una idea de lo que era trabajar antes. Te levantabas por la mañana y, cuando el sol salía, empezabas y no parabas hasta que se ponía. Al mediodía a lo mejor hacías una pequeña siesta, pero 14 horas al día de trabajo no te las quitaba nadie.

— Tras la cantera y la panadería, por fin puso en marcha su restaurante. Hábleme de ese momento.
— Lo abrimos con Paco, que era el cocinero de Es Pins y estuvo durante cinco años con nosotros antes de abrir su propio restaurante, el Mesón de Paco. Él fue el primer cocinero que puso el arroz de matanzas en la carta de un restaurante. Mi mujer preparaba cada día el alioli a mano, diez o doce litros de aceite a diario, ¡no sé cómo podía levantar el brazo!. El día de la inauguración se sirvieron pinchitos de sobrasada, ensalada payesa, arroz de matanzas y sofrit pagés. El otro día, que cumplimos 50 años, Paco preparó el mismo menú para celebrarlo. Hoy en día son mis hijas, Lucía y Carmen, quienes se encargan de todo. También mantenemos estos dos olivos, que deben ser    milenarios, cuando yo era niño ya me encaramaba a sus ramas, estaban prácticamente igual que están ahora.

— Desde su experiencia, habrá vivido muchas anécdotas en esta zona.
— Ya lo creo. Recuerdo ver la llegada del hombre a la luna en el bar Es Pont, de los de Can Curreu, que es dónde había la única tele del barrio. Mi suegra, María, nos decía que éramos tontos por creérnoslo, que era imposible llegar a la luna. Nunca se lo creyó. También he visto cómo el agua desbordaba por encima del puente del torrente. La amasadora del pan acabó en es Niu Blau. Huímos de casa con lo puesto. Ninguna autoridad me ayudó tras esa riada, solo los vecinos. Ese puente, por cierto, mi abuelo, Vicent Morna, trabajó para construirlo antes de marcharse a Cuba para no volver. Me hace gracia porque ese puente tuvo una grieta desde que se construyó. Setenta años más tarde lo apuntalaron con 18 tablones de madera. También recuerdo una ocasión en la que fuimos a Aigues Blanques. Allí había una serie de ‘peluts’ que eran muy problemáticos, y fuimos con la Guardia Civil a echarlos. En realidad no eran ni ‘peluts’, eran unos infiltrados que solo molestaban.