Paquita Bonet en Vila, donde creció y se crió. | Toni Planells

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Paquita Bonet (Sa Penya, Ibiza, 1943). Trabajó en Ibieria y, durante décadas, en una agencia de viajes, Melià. En su historia dedica un buen capítulo a Alberto Bofill, quien fue su marido y padre de sus hijos y que falleció de manera prematura.

— ¿De dónde es usted?
— Nací en plena Penya, en el rincón Santa Lucía número 10. Era la única niña de cuatro hermanos, Joan Rafel y Mariano. Mi padre era Joan y mi madre Antonia. Mi padre era obrero, trabajaba la piedra. Todo lo que ves de piedra en el muelle, él trabajo para ponerlo. Vivimos allí hasta que tuve cuatro años. Entonces mi padre empezó a trabajar en una finca, en es Puig d’en Fita, y, más adelante, en otra de al lado, Can Rova. Mi padre era mayoral y en Can Rova, su dueña, María, nos dejaba hacerun poco lo que queríamos. Ella vivía en un chalet precioso en Vila, donde ahora es la calle Catalunya. Eso era todo huerto. Con sus mulas, sus safareigs y sus cañas.

— ¿Tiene algún recuerdo de cuando vivía en Sa Penya?
— No, me fui con cuatro años. Tengo un recuerdo de cuando nos íbamos. Igual que de cuando mi tío, Vicent de Can Negre, se iba a Argentina y subíamos los muebles con un carro hasta la finca. Lo que sí me acuerdo es de que pasaba mucho tiempo en el chalet de María. La dueña de la finca, que era de Can Garroves, de Cala Llonga. Siempre estaba allí, no tenía hijos, solo una sobrina que era mayor que yo (Vicenteta), y me tenía allí con ella. Me llevaba al colegio, luego me subía a su bicicleta, con un cojín, y me llevaba a ver a mis padres a la finca. Siempre íbamos a bañarnos al safereig de Ses Canyes, que estaba al lado.

— ¿Dónde fué al colegio?
— A Cas Ferró primero, después a la Consolación hasta los 14 años. Además, cada tarde iba a coser con Pilar Melis, que era una gran modista. Las mujeres teníamos que saber coser y guisar, si no, no podríamos casarnos.

— Y usted, ¿se casó?
— Sí, el 23 de abril del 62, tras cuatro años de novios, con Alberto Bofill. Todavía recuerdo la primera vez que nos vimos. Paseaba con sus padres, Evaristo y Teresa, y algunos hermanos, camino del bosque para ir a merendar. Iban por la barriada de Can Rova y su hijo, Alberto, me vio pasar de vuelta de casa de mis abuelos. Le dijo a su cuñada: «Mira que pageseta, con esta me casaría». Reconozco que aquel día yo también me lo miré. Ya nos habíamos alejado bastante y todavía nos seguíamos mirando el uno al otro.

— Alberto se refirió a usted como «esa pagesa», ¿vestía, como tal?
— No. De hecho iba siempre monísima [sigue manteniendo esta costumbre]. Resulta que teníamos unas casas alquiladas a una inglesa (la que fue mujer de Ángel Vildez), Margot McKinsey, que pasaba mucho tiempo en Londres. Teníamos la misma talla en todas la prendas y me dejaba toda su ropa, que traía de todo el mundo. Me quería como a una hija y dejaba que me pusiera sus vestidos. Imagínate lo mona que iba. Era muy presumida.

— ¿Qué pasó tras ese primer contacto?
— Al día siguiente ya estaba con su bicicleta en casa de mis abuelos preguntando por «una chica que he visto en esta barriada que me gusta mucho». Mis abuelos lo mandaron a Can Simon Gall, que había una jovencita muy guapa que se llama Antonieta. Ella era muy blanquita y gordita, yo todo lo contrario, así que cuando la vio dijo que no era quien buscaba y se marchó. Al cabo de un par de días volvió a coger su bicicleta y un pastor alemán precioso que tenía para darse una vuelta por el barrio. Ese día me vio, estaba hablando con mi tía al lado de la carretera. Le dije: «¡Tía, ese joven mi está mirando todo el rato», ella me contestó, «pues es guapísimo». Total que acabé de hablar con mi tía y me fui caminando por la carretera para que me pudiera ver. No tardó mucho en cruzar la bicicleta en mi camino y presentarse. Su nombre, Alberto, no era nada común en Ibiza. ¡Me lo tuve que apuntar y todo para acordarme!. Ese fue el día que conocí a mi marido.

— ¿Cómo llevaron en su casa eso de que un forastero pretendiera a su hija?
— Mi padre me tenía prohibido hablar con cualquier joven en la carretera o en ningún lado. Era un poco dictador en ese sentido. Se lo dije a Alberto y, al día siguiente, fue a hablar con mi padre en la finca. «Hay Dios mío», dijo mi madre cuando le vio ir directamente hacia mi padre, que arreglaba una pared al lado de la era. Mientras mi madre y yo nos comíamos las uñas en casa, mi padre le hizo todo el interrogatorio. Alberto le contó que su padre era catalán, analista en la clínica Alcántara, que eran 10 hermanos y que tenía buenas intenciones. Mi padre acabó encantado con él, no sin antes informarse por sus medios de quién era esa familia forastera. Mi padre le quiso como a un hijo. De hecho, cuando Alberto murió, mi padre se retiró de todo y no quiso trabajar nunca más.

— ¿Falleció de manera prematura?
— Así es, en el 68. Cuando nuestro hijo, Alberto tenía cuatro años y Paquita 13 meses. Enfermó y, tras los cuatro meses más duros de nuestra vida, nos dejó. Por mucho que corrimos por los mejores hospitales no se pudo hacer nada. Yo solo tenía 25 años.

— ¿Qué hizo entonces?
— Cinco días después de que muriera era Sant joan. El santo de mi padre. Yo no hacía más que llorar y vomitar. Así que mi padre le dijo a mi madre que prepararán las cosas, que se venían conmigo a Vila. Estuvieron 14 años. Hasta que Alberto se fue a la mili. Al cabo de un año comencé a trabajar en Iberia (me preparé todo ese año). Trabajaba de noche para ganar más. Estuve cuatro años, recuerdo que, en agosto, se nos clavaban los tacones en el asfalto. Era un trabajo de temporada, por eso, cuando , me ofrecieron trabajo para todo el año y con un buen horario en viajes Meliá, me fui a trabajar con ellos. Allí estuve 26 años, hasta que cerró. Entonces me jubilé (a los 52 años) para ir a cuidar de mis padres. Les cuidé siempre. No me moví de allí nunca. Ahora me dedico a cuidar de mi hermano, Mariano.